martes, septiembre 13

¡Adiós, Jacarandas!



Para Blanche y su viaje a la India
Sé que esa casa no me pertenece, que ese naranjo no es mío y que los perros que se asoman por el jardín no obedecerán a mi voz, pues mi voz no es la de su ama.
Desayuno con calma. Me gusta sentarme ahí y ver alrededor. Las puertitas movedizas de la cocina, el mueble donde se encuentra el viejo teléfono desde donde siempre escucho alguna voz familiar y cálida, la mesa redonda que nos invita a compartir de todo: la comida, los dulces, la largas pláticas en pijama. El naranjo, los colibríes que llegan a saludarnos, el cuarto exterior desde donde haces todos los movimientos y transacciones para tener una vida económicamente plena, suelta, libre. Desde donde escribes los mails que he de leer en una ciudad lejana. Desde donde, quizás, alguna vez te refugiaste para guardar en silencio ahogado aquello que hoy te ha hecho más fuerte. Aquello que hoy te hace partir.
Sé que esa casa no me pertenece; sin embargo cuando llego ahí y me instalo, cuando paso al fondo y hago mía la cama de la colcha verde, cuando paso al baño y leo el decálogo del buen “comportamiento” en el wc (el que se encargó de poner tu hijo cuando tenía 16 años, cuando amaba todo lo escatológico e iracundo), cuando abro la llave de la regadera y dejo que el agua del bajío rocíe mi piel tropical me siento en casa.  
Esa casa que no me pertenece, ubicada entre las Jacarandas de mi memoria, deja en el piso tu corazón bien sembrado. Y ahí, donde yace tu órgano, lo que fue tu órgano vital por muchos años se libera tu espíritu que ha decidido ser libre e irse a la India a seguir el camino que tus pasos comenzaron, sin saberlo, años atrás. Esa casa tuya, queda como el mausoleo de toda una vida. De recuerdos compartidos y secretos que jamás sabré; queda tuya, por siempre tuya.
Y en invierno cuando ya estés lejos, descubriendo cómo renace tu corazón en el pequeño cuerpo que tus padres te dieron y que tan profundamente has aprendido a honrar, deja que tus ojos se maravillen pues el cielo y yo te mandaremos de regalo la púrpura jacaranda que alguna vez te perteneció para recordarte que estás lejos, construyendo el nuevo camino de tu vida. Un vida que te espera plena, blanca, blanca…



martes, septiembre 6

La duda

Hay algo que me pica eternamente
y no sé si es una pulga
o las células muertas del tiempo 
que me van dejando así 
                                                               sin más
falta de piel, de huesos y de conciencia. 

jueves, agosto 25

Introspección a mitad del año

a mis peques queridos: Toy, Elisa, Diego y Sofía
por su inocencia

Cuando era pequeña solía soñar con un castillo que se derrumbaba. Mis piernas, torpes, corrían cansadas por las escaleras; bajaban y bajan mientras el rabillo del ojo veía cómo por debajo iban quedando las gruesas estructuras de la infancia. No quería crecer. No quería crecer.

Mis cumpleaños solían ser un mar de lágrimas, gritos y peleas familiares. Odiaba las mañanaitas, la cursi velita en el pastel, el número ése que indicaba un año más, los abrazos, los besos, la atención puesta sobre mí. No quería crecer, simplemente no... Tenía el bien conocido síndrome de Peter Pan; aquel niño que, abandonado por sus padres, y con ayuda de un hada, deja el mundo terrenal y se va al país de Nunca Jamás, un lugar en donde nunca crecerá, donde la infancia y la inocencia lo librarán de cualquier sufrimiento. La única diferencia era que: a) yo no tenía a Campanita, y b) aún no sabía que el crecer, las maravillosas vueltas y sabiduría con que me otorgó la vida me harían una adulta feliz.
Si bien tuve una infancia triste, llena de recuerdos melancólicos por un padre que no estuvo. Si bien nunca logré entender que no era a mí a la que le correspondía mejorar las situaciones familiares y maduré (forzadamente, más rápido), el amor que me otorgaron los adultos (mi madre, mis tíos, tías y abuela), pero sobre todo, la risa y el asombro que me contagiaron los pequeños de la familia me hicieron redescubrir que el castillo que se derrumbaba interminablemente podría tener una arquitectura sólida; tan sólida y estable que ahora, cuando quiero, puedo regresar a ella y sentirme viva.

Este año no odié el pastel, ni el numerito ése que indicaba mi edad, soporté un poco más las mañanitas (maldita canción, qué tendrá que nada más no me gusta), y me aventé a un vuelo de 30 minutos en el aire. Desde ahí  no sólo contemplé el pueblo, sus casas con alberca y techo de teja, la bahía, la gente diminuto y el suelo que me esperaba trémulo para que, una vez más, pusiera mis pies y comenzara a andar; sino también mi vida hasta ese momento. Y tomé una decisión: seré feliz. 

Ahora, a mis 24 años y después de semejante vuelo, sé que las cosas no son estáticas, que no crecer no me librará del sufrimiento (al contrario), que la visión de la infancia (aquella inocencia y asombro por las cosas del mundo) puede permanecer y volver siempre que uno lo desee; y, lo más importante, sé que los castillos no se derrumban, sólo cambian de estructura.

Aunque dedico este post a mis queridos peques, porque ellos me han enseñado y compartido momentos invaluables, está pensado con un profundo agradecimiento a toda mi familia. Innumerable, maniaca, llena de gente brillante que me hacen ser lo que soy y que me han enseñado lo mucho que vale la pena vivir en un estado de consciencia plena.




NOTA: Si eres de aquellas personas que dudas y crees que tu estructura puede derrumbarse en cualquier segundo te recomiendo un viaje en parapente; así no tendrás que correr y esquivar los tabiques que van cayendo, un sólo salto librará tu vida y te hará contemplar la tierra con calma. Tener un par de alas a los costados siempre será un aliviane.

domingo, julio 17

Paseos I


¿Y si llueve, y si me mojo, y si se me ocurre saltar en un charco y recordar la infancia, y si un coche pasa demasiado cerca y salpica mi pulcritud… Si lloro, si mis lágrimas se confunden con la lluvia, si mis pies se van venciendo del cansancio de la vida, si nadie me ve, si nadie se da cuenta que estoy muriendo… Si caigo, mamá, si caigo sobre el suelo mojado, si la acera me abraza la orfandad y la lluvia me besa la entrepierna… Si de pronto, mamá, quiero volver a casa y he perdido el paraguas, la brújula… Prometes, prometes no quedaré ronca, artrítica, deshausiada? ¿Lo prometes, mamá?

miércoles, julio 13

El fin del otoño

Montaré con sigilo
tu atemorizado cuerpo
y me volveré la doncella maldita
que ha bajado de la bruma que dejó el otoño,
para cobijar tu piel,
carcomida por los años
y aquella otra mujer 
que profanó ser tuya. 

martes, julio 12

Paseos II

Hace tiempo la noche no asediaba. 
Quizás sean las hormonas y la luna llena,
quizás tu ausencia eterna.

Hace tiempo no me visitaban los versos
ni el roer del pensamiento pausado,
que junto con los muslos,
va abriendo
al cuerpo cansado de ser joven, incauto,
aquella promesa que me hizo mi madre:

Mudarás y, cual serpiente, 
la vieja piel que alguna vez impidió 
siguieras tu camino, será la alfombra
que protegerá tus pasos y te mostrará
el incierto futuro de la esperanza.