Ahora sí, me dije. Ahora sí me va a valer madres y voy a comer todo lo que se me antoje. Era Navidad, así que suponía que estaba permitido. Llevaba – exactamente- 2 años con 3 meses de dieta rigurosa. Nada de pan. Nada de tortillas. Nada de harinas ni gluten ni almidón ni ácidos grasos, ni diversión…
Hice una promesa: tú, mujer que albergas mi yo, debes de comer de todo. Serán sólo dos semanas, al rato bajas lo que subas, no pasará a más.
Y cumplí mi promesa. Todos mis parientes del bajío vinieron a mi ciudad de oyamel. Los llevé al Chachal a comer mojarras, a Coatepé a probar los toritos y a enzarparse unas truchas al ajillo, unos tamales rancheros, unos churros rellenos de chocolate mientras caminábamos a la esquina en donde compraríamos los helados; también fuimos a Xico a comer mole, tamales canarios y esos pequeños triángulos de masa envueltos en una hoja verde que… mmmmm… en Teocelo compramos la zarzaparrilla y nos detuvimos a probar (sólo probar) el pan que estaba saliendo del horno. De cenar, en la casa, siempre había quesadillas o pizza para los que se hubieran quedado con hambre y para los que no, también.
Había olvidado esas vacaciones en donde terminas de desayunar y te levantas de la mesa para lavarte los dientes y no llegar tarde a la comida y cuando terminas la comida vas a pie por el postre (para bajar la comida, por supuesto) y mientras las tías se quedan haciendo la cena tú ya te comiste la mitad del pay de limón que había encargado la abuela.
Entre que cumplía lo que me había prometido al inicio de las vacaciones y que veía a la lonja aún firme entre mi cintura y mis jeans, seguía comiendo como anoréxica recién rehabilitada. Hasta una mañana que desperté y…
No podía despertar. Ya había abierto los ojos, pero todo se veía un poco nubloso, me pesaba la cabeza, mis reflejos eran lentos, lentísimos y, otra vez, comencé a sentir que la realidad que veía no correspondía a la de antes.
Todos esos síntomas los conocía bien, así fue como me sentí por dos años. Entre zombi y hambrienta todo el tiempo. Regresé al doctor. La situación no era muy complicada: hacía un par de años me habían detectado hipotiroidismo. Discreto por fuera, pero con fuertes síntomas en mi organismo comenzaba a afectarme de nuevo. Había tomado mis pastillas como siempre, ¿por qué entonces la recaída? Y fue ahí cuando el doctor me preguntó por mis niveles de carbohidratos y… ¡ups!
Volví a escuchar mi pensamiento del inicio de las vacaciones “me valdría madres”, pero nunca imaginé que los pastelitos, los tamales, el pavo, el pay de limón, los helados pudieran afectar mi organismo de esa manera. Mis niveles de aceite y carburación parecían normales, pero el motor no furulaba. Y me tuvo que valer madres: no más carbohidratos.
Ahora adoro ver a la gente comiendo. Salpicándose las camisas, pidiendo una orden más de lo mismo, y es que, si existe un cielo, éste debe ser de los gordos. ¡Qué envidia!