¿Y si llueve, y si me mojo, y si se me ocurre saltar en un charco y recordar la infancia, y si un coche pasa demasiado cerca y salpica mi pulcritud… Si lloro, si mis lágrimas se confunden con la lluvia, si mis pies se van venciendo del cansancio de la vida, si nadie me ve, si nadie se da cuenta que estoy muriendo… Si caigo, mamá, si caigo sobre el suelo mojado, si la acera me abraza la orfandad y la lluvia me besa la entrepierna… Si de pronto, mamá, quiero volver a casa y he perdido el paraguas, la brújula… Prometes, prometes no quedaré ronca, artrítica, deshausiada? ¿Lo prometes, mamá?
domingo, julio 17
miércoles, julio 13
El fin del otoño
Montaré con sigilo
tu atemorizado cuerpo
y me volveré la doncella maldita
que ha bajado de la bruma que dejó el otoño,
para cobijar tu piel,
carcomida por los años
y aquella otra mujer
que profanó ser tuya.
martes, julio 12
Paseos II
Quizás sean las hormonas y la luna llena,
quizás tu ausencia eterna.
Hace tiempo no me visitaban los versos
ni el roer del pensamiento pausado,
que junto con los muslos,
va abriendo
al cuerpo cansado de ser joven, incauto,
aquella promesa que me hizo mi madre:
Mudarás y, cual serpiente,
la vieja piel que alguna vez impidió
siguieras tu camino, será la alfombra
que protegerá tus pasos y te mostrará
el incierto futuro de la esperanza.
martes, julio 5
Lactobacilo tipo AV (sólo para Latinoamérica)
"Normalmente son benignas
e incluso necesarias(...).
Habitan en el cuerpo
humano".
Wikipedia
[¿Y qué?]
Como de costumbre, voy un poco tarde hacia el trabajo, corro por las subidas y bajadas de mi ciudad mientras hablo por telefono e intento tomar un taxi. Al fin, uno me escucha y se acerca por donde voy saltando con mi doble bolso (llevo dos en realidad: uno grande en donde cabe, casi, toda mi oficina y otro grande en donde cabe casi todo mi refri), abro la puerta y cuando ya estoy instalada termino mi llamada. Cuelgo.
El taxista se da cuenta que ya no estoy ocupada y, mirando por el retrovisor, me dice señalando uno de los posters que hay en la banqueta: "Parece que ya lo encontraron, señorita". Me tardo un poco en entender. El poster, (ése y todos los demás) tienen desde hace unas semanas la foto de un chico de apróximadamente 17 años. Se busca. Desaparecido.
- ¿En serio?-, le digo sin querer preguntar el resto de la información. Pero la duda de mi rostro o la preocupación de mis ojos lo hacen continuar con su relato matutino.
- ¡Ei! No me crea, eh, señorita. Pero que lo encontraron en el Parque Tal sin órganos...
Mi telefono no deja continuar al taxista con sus detalles. Contesto. Lo que queda de mi trayecto habló con alguien más y no mencionamos el tema de los desaparecidos, de los encontramos. Nos limitamos a hablar de nosotros.
Por el resto del día, me quedan rondando aquellos dos escasos diálogos. No sé si sorprenderme, si permanecer inmune. Me parece terrible poder decidir ante el terror, acostumbrarnos a la violencia, verlo como algo cotidiano e integrar el miedo a nuestra cotidianidad. El miedo se ha vuelto como una bacteria benigna que ni siquiera nos damos cuenta que la tenemos, el lactobacilo Anti-Violencia. La supuesta inmunidad que adquirimos en movimientos armados está llena de terror, pero ya no nos damos cuenta de él, creemos que los balazos ya no nos asustan, que los militares son decoraciones, que un desaparecido más es cotidiano; pero en el fondo nos vamos llenando de capas de la desconfianza. Y cuando nos vemos forzados a salir de nuestro contexto social y las capas no son necesarias parecemos entes paranóicos, de otro tiempo. Tengo dos ejemplos:
1. En una estación de tren de Francia. Entro corriendo a tomar un tren (la costumbre de ir tarde o al límite del tiempo no es sólo con el trabajo) y me detiene de golpe ver a todos esos sujetos armados moviéndose de un lado a otro. "Paso algo, hay que tener cuidado", le digo a mi acompañante francés, quien no entiende mi frase y me dice, "Nada, no ha pasao na' ", "¿Y los militares?", "Joer, que son policías, siempre están aquí para cuidarnos". "What? ¿Siempre están ahí para cuidarnos...?" Me dió risa, pensé que era irónico, pero no lo era. Después me dió verguenza.
2. En un callejón de San Francisco: una prima me lleva a conocer los murales de la zona. Veo la calle y pienso, "ahí no entro yo"; pero ella camina feliz mientras me va explicando la histroria de la repoblación latina del siglo xx. "Oye, prima, mejor regresamos más temprano, cuando haya más solecito, ¿no?". Ella muere de la risa: "Eres igualita a Hazel*". Con el rabo entre las patas (por miedo y por vergüenza) termino entrando al callejón.
Nuestro lactobacilo tipo AV, fabricado sólo para Latinoamerica, no hizo bien su efecto hoy. Si es verdad lo que el taxista me dijo por la mañana, creo que necesitaré un laxante. Si no es verdad, creo que, de todas maneras, necesitaré un laxante. Por algún lado tendrá que salir todo este malestar que me provoca mi país.
* Hazel es la amiga salvadoreña de mi prima. Durante su infancia iba, todos los veranos, al Salvador; era la década de los ochenta.
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