Qué triste ha de ser morir solo,
creyendo que habías construido un mundo
de nubes y ensueños,
creyendo que él siempre te había amado.
Qué triste ha de ser tomar retratos individuales
de aquellos que dicen compartir
vidas y camas.
Pobre ti, dulce mujer amortajada
de lagrimas ajenas, de pesares compartidos.
Pobre de tu joven mirada
que ya no dice nada más que yerro,
más que yerro.
Ángeles que evocaban tu nombre,
que habían enamorado
una docena de años, a sus allegados
ángeles que se fueron al abismo
de tus soledades, de tu desdicha.
Pobre ángel del destino
roto, fátuo, no compartido, pobre...
Ahora, sólo, recuerdas el mundo al que pertencías
recuerdas tu vida, tu historia, tu nombre.
¿En dónde quedó mi ciudad?
¿En dónde quedaron mi madre y mi padre?
¿Dónde quedó todo el amor que profesaba
a mi prójimo, la risa en los columpios,
el verde de mi sobra?
¿Dónde quedaron mi risa y mi nombre?
Se fue con tu vida, te dije.
Se fue con tu vida, con el correr del viento
porque dejó de valer la pena,
dejó de importarnos...
Y en este pueblo ya nadie recuerda esos ojos.