domingo, noviembre 29

Yo no soy poeta I

Pienso que es normal sentir nostalgia los domingos,
comienza con una pequeña sudoración en mis pies
debo quitarme los calcetines, corro el peligro de un resfriado.
Va subiendo por mis poros,
se da prisa. No hay demasiado tiempo ya que sólo disponemos de 24 horas.
Lo peor es cuando llega al sexo y me acuerdo de ti,
se enciende, se paraliza, le suplico que termine pronto.
Al instalarse en las entrañas la sigo confundiendo contigo
pero ahora es el turno del otro,
de aquel que jamás existió y sigo odiando.
Poros que se abren ante el recuerdo
y terminan plagiando las imágenes de ciudades lejanas.
Oblicuo, dorsal, espléndido esplenio...
la explosión llega al occipucio y el grito que había intentado contener se desparrama por las vértebras de los recuerdos.
Pienso que es normal sentir nostalgia los domingos,
lo que no soporto es que llegue el lunes.

miércoles, noviembre 18

Atún podrido

María se levantó a las siete, había dormido apenas dos horas. Tenía el rimel corrido y la boca hinchada; le dieron pena sus piernas peludas y el calzón de algodón que le llegaba a la cintura, pero que ahora estaba en algún lugar del piso.
Vio las luces distantes e inconstantes de una ciudad sin nombre. Vio a su amante inoportuno, ese sujeto distante e inconstante, ese objeto animado e inanimado. Pedazo de carne igual que ella.
Tuvo una corazonada y de pronto todo ese deseo infinito se transformó en lúgubre pesar.
“Eros, Afrodita ¿en dónde has quedado?”
Necesitaba inventar un nuevo dios porque ni el amor, ni el deseo le eran suficientes.
“Nada es para siempre, pero las cosas podrían durar un poquito más”, pensó.
“Un dios de la perseverancia: azul, violeta, gris”.
— María, ¿por qué suspiras?—, preguntó el amante entre un sueño húmedo y una realidad sin orgasmo.
“Suspiro por el suspiro que de tu boca nunca salió”. Y María no contestó.
— María responde, ¿por qué suspiras?
“Suspiro por el suspiro que de tu boca nunca salió”.
El amante despierta, ve el techo blanco, las sábanas verdes y un cuarto que no les pertenece: — María ¿por qué suspiras? ¡Responde!.
— Suspiro porque se me sale el sentimiento.
— Pues que no se te salga porque te va a doler.
“A la chingada”, piensa María
— A la chingada, ya estuvo bueno— le dice, se levanta de la cama, se pone lo mismo de ayer y de anteayer. Camina a la puerta y escucha.
— ¿Qué pasa? ¿Por qué a la chingada? María, ¿a dónde vas?
— Me voy a la chingada y tú te vienes conmigo.
Luces distantes e inconstantes, amante inoportuno que se levanta, se viste y sale del hotel. Ciudad sin nombre y María pidiendo por que nazca un nuevo dios, un dios de la perseverancia que le de algo más que una lata de atún podrido.
“¡Ay!” suspira, “amante inoportuno”.

jueves, noviembre 12

El por qué de mi nombre

Aunque éste no pretende ser un blog "personal"(en el sentido de diario/confesiones), mi primera entrada sí lo es.

Avanzo con un poco de titubeos y asombros cibernéticos. Me actualizo a la modernidad imperante. Me enfrento a uno de mis grandes miedos: la escritura.


He dejado de escribir sin fundamento alguno, simplemente un día decidí guardar silencio; me comencé a convertir en un Bartleby de mi propia no escritura. Las razones podrían ser muchas pero se fundamentan todas en el miedo que ésta representa.


Cuando hice mi viaje a Europa me vi en la posibilidad de reinvención: nadie me conocía, nadie sabía quién era, qué me gustaba; ni mis fobias, ni mis neurosis, ni mis pasiones. Cual Cristobal Colón, pero en sentido inverso, llegar a un nuevo continente me permitió quemar las naves de aquello que había construido en mí como mí misma.


La escritura , y se ha dicho de manera incanzable por los grandes maestros y los párvulos literatos, representa un viaje: tanto del lado del autor que navega entre las grietas de su memoria y fantasía, como del lector que se deja sumergir en aquello que se revela como imágenes netamente virtuales.


Mi escritura es reinvención, donde cada parte vivida termina ficcionalizándose y se convierte en un mundo que deja de pertenecerme. Lo que se leerá aquí pertenece a mí, sin ser yo. Como la tan citada frase de Flaubert al decir: "Madame Bovary soy yo", o como apunta Luisa Valenzuela "el yo que piensa no es el yo que existe, hay un desplazamiento entre el sujeto de la enunciación y el sujeto del enunciado"; escribir es un acto delicioso, suculento, que permite crear, recrear, inventar.


En este sentido, como los grandes viajes que suele emprender el ser humano desde hace cinco siglos, escribir es como quemar las naves.