viernes, enero 17

¿Manías?

Yo dejo marcadas las tazas sobre el escritorio. Cuando son de madera procuro traer una servilleta conmigo, pero la costumbre me traiciona.

Los lugares de trabajo completamente limpios y ordenados me causan ñáñaras, de esas ñáñaras que se sienten cuando una abeja se posa en tus labios, cuando una araña te salta al pecho de sobresalto, cuando se entra al baño de una gasolinera abandonada a media noche. Porque lo perfecto esconde algo, algo que me angustia y me pide que huya.

Hay diferentes tipos de síndromes, yo tengo los míos. ¿Pero qué fácil es detectar a aquellos pulcros que reacomodan cada objeto después de que se cambia de lugar? Aquellos que no soportan las manchas, el desacomodo, la vida misma, plena. Ahora bien, también están los acumuladores, aquellas personas que salen en Tv porque llevan veinte años sin limpiar su casa, los que no pueden tirar las envolturas de los regalos, ni la ropa vieja ni lo que ya no sirve.

O los que están obsesionados con el ejercicio, los que no importa qué salen todos los días, incluso los domingos y corren sus 10k y hacen abdominales, y lagartijas y sentadillas y pesas y pilates y después tienen un desayuno ligero porque no fue suficiente.

¿A qué le tememos? ¿Por qué nos esforzamos tanto en ocultarnos de nosotros mismos, de qué nos protegernos?

¿Cuándo las viejas costumbres se vuelven manías? ¿Y cuándo las manías nos definen?

Yo dejo marcadas las tazas en el escritorio y otras tantas, pero también me reconozco como una construcción inacabada, como un proceso que va y viene, que cambia, que mejora. Quizá en un par de años ni siquiera tome café... ¿Y tú?