jueves, agosto 25

Introspección a mitad del año

a mis peques queridos: Toy, Elisa, Diego y Sofía
por su inocencia

Cuando era pequeña solía soñar con un castillo que se derrumbaba. Mis piernas, torpes, corrían cansadas por las escaleras; bajaban y bajan mientras el rabillo del ojo veía cómo por debajo iban quedando las gruesas estructuras de la infancia. No quería crecer. No quería crecer.

Mis cumpleaños solían ser un mar de lágrimas, gritos y peleas familiares. Odiaba las mañanaitas, la cursi velita en el pastel, el número ése que indicaba un año más, los abrazos, los besos, la atención puesta sobre mí. No quería crecer, simplemente no... Tenía el bien conocido síndrome de Peter Pan; aquel niño que, abandonado por sus padres, y con ayuda de un hada, deja el mundo terrenal y se va al país de Nunca Jamás, un lugar en donde nunca crecerá, donde la infancia y la inocencia lo librarán de cualquier sufrimiento. La única diferencia era que: a) yo no tenía a Campanita, y b) aún no sabía que el crecer, las maravillosas vueltas y sabiduría con que me otorgó la vida me harían una adulta feliz.
Si bien tuve una infancia triste, llena de recuerdos melancólicos por un padre que no estuvo. Si bien nunca logré entender que no era a mí a la que le correspondía mejorar las situaciones familiares y maduré (forzadamente, más rápido), el amor que me otorgaron los adultos (mi madre, mis tíos, tías y abuela), pero sobre todo, la risa y el asombro que me contagiaron los pequeños de la familia me hicieron redescubrir que el castillo que se derrumbaba interminablemente podría tener una arquitectura sólida; tan sólida y estable que ahora, cuando quiero, puedo regresar a ella y sentirme viva.

Este año no odié el pastel, ni el numerito ése que indicaba mi edad, soporté un poco más las mañanitas (maldita canción, qué tendrá que nada más no me gusta), y me aventé a un vuelo de 30 minutos en el aire. Desde ahí  no sólo contemplé el pueblo, sus casas con alberca y techo de teja, la bahía, la gente diminuto y el suelo que me esperaba trémulo para que, una vez más, pusiera mis pies y comenzara a andar; sino también mi vida hasta ese momento. Y tomé una decisión: seré feliz. 

Ahora, a mis 24 años y después de semejante vuelo, sé que las cosas no son estáticas, que no crecer no me librará del sufrimiento (al contrario), que la visión de la infancia (aquella inocencia y asombro por las cosas del mundo) puede permanecer y volver siempre que uno lo desee; y, lo más importante, sé que los castillos no se derrumban, sólo cambian de estructura.

Aunque dedico este post a mis queridos peques, porque ellos me han enseñado y compartido momentos invaluables, está pensado con un profundo agradecimiento a toda mi familia. Innumerable, maniaca, llena de gente brillante que me hacen ser lo que soy y que me han enseñado lo mucho que vale la pena vivir en un estado de consciencia plena.




NOTA: Si eres de aquellas personas que dudas y crees que tu estructura puede derrumbarse en cualquier segundo te recomiendo un viaje en parapente; así no tendrás que correr y esquivar los tabiques que van cayendo, un sólo salto librará tu vida y te hará contemplar la tierra con calma. Tener un par de alas a los costados siempre será un aliviane.