sábado, abril 27

Sueño de abril

Desplegué una silla verde-limón en mi sala
y dejé al polvo entrar por siete días
creé playa

(Imagen de Laureano Barrau Buñol)  

martes, junio 12

Sin título


A mis queridas  A. I. que,
aunque viven entre dos mundos,
 se siguen extrañando
Después de un par de meses de autoexilio
regreso a mi hogar, que gentil y manso esperó
mis tiempos de sequía y me trajo humedad.
Pero sólo veo rostros acribillados,
cuerpos que fueron firmes estructura
y que, como el barro, se derritieron en mi ausencia.
¿Qué pasará, madre? Le pregunto sujetando sus rugosas y cálidas manos.
Mitzu nos salvará, me dice señalando al gato que ha adoptado.

¿Y a los muertos?
¿Qué pasará con sus almas? Con toda esa tristeza que nos dejaron.
¿A ellos quién los salvará, madre?


Y entonces me cuenta la historia de los chamanes
y las almas que no habitan el mundo,
que se van con su nueva tarea,
pero que nos dejan a nosotros, el reto de ser felices,
a pesar de su ausencia y sus neblinas.

lunes, mayo 7

Jueves

Pronto será jueves, mientras
paseo por el naranjo que alguna vez te vió nacer
piso el verde pasto en el que tu madre
enterró tu cordón umbilical, piso aquella infancia que no me perteneció
aquellas risas que no estuveron en mis oídos,
pero que otros atinaron a contarme en relatos de asombro.
Piso nuestras conversaciones y abrazos
beso aquel árbol que tanto amas, beso su tronco, sus hojas de té,
beso su cuerpo que se convierte en tu cuerpo...


viernes, abril 27

La lección


Qué triste ha de ser morir solo, 
creyendo que habías construido un mundo 
de nubes y ensueños, 
creyendo que él siempre te había amado. 

Qué triste ha de ser tomar retratos individuales 
de aquellos que dicen compartir 
vidas y camas.

Pobre ti, dulce mujer amortajada
de lagrimas ajenas, de pesares compartidos.
Pobre de tu joven mirada 
que ya no dice nada más que yerro,
más que yerro.

Ángeles que evocaban tu nombre,
que habían enamorado
una docena de años, a sus allegados
ángeles que se fueron al abismo
de tus soledades, de tu desdicha.

Pobre ángel del destino
roto, fátuo, no compartido, pobre...
Ahora, sólo, recuerdas el mundo al que pertencías
recuerdas tu vida, tu historia, tu nombre.

¿En dónde quedó mi ciudad?
¿En dónde quedaron mi madre y mi padre?
¿Dónde quedó todo el amor que profesaba
a mi prójimo, la risa en los columpios, 
el verde de mi sobra? 
¿Dónde quedaron mi risa y mi nombre?

Se fue con tu vida, te dije.
Se fue con tu vida, con el correr del viento
porque dejó de valer la pena,
dejó de importarnos...
Y en este pueblo ya nadie recuerda esos ojos.


viernes, marzo 30

Carito

a J.C. Medrano,
por inspirar la música de mis letras

Fue la primera vez que vi a una mujer tejiendo. Tenía los dedos gordos y ágiles, un estambre amarillo y una mirada llena de compasión y verdades ocultas. Era la mejor amiga de mi madre, solíamos visitarla los domingos, como cuando se visita a una abuela y los últimos dos meses la visita era rigurosa y aburrida. Ellas dos platicaban de las cosas de las que platican los adultos y mi hermano y yo veíamos las caricaturas, su tele aún era en blanco y negro; su sofá, victoriano.

Me aburría, odiaba ver Bugs Bunny (era lo único que se veía bien en esa tele), prefería ir al jardín y acostarme en el pasto, o entrar al cuarto de los adultos y ver como Carito tejía aquel estambre amarillo. Me recordaba a uno de los cuentos que nos contaba mi madre antes de dormir, el de la esposa que tejía por las mañanas y destejía por las noches para que la espera de su marido no muriera, para que su esperanza no muriera.

Un domingo llegamos a casa de Carito y nos dijeron que no estaba. Alguno de sus hijos nos hizo pasar y habló en privado con nuestra madre. Mamá salió llorando del cuarto y no pudo decirnos qué tenía. Al siguiente domingo regresamos a hacer nuestra visita. Mi hermano y yo no queríamos ir, pensábamos que otra vez no iba a estar Carito, y qué flojera tener que recorrer media ciudad para nada. Mamá enojada, nos hizo ir de todas formas.

Esta vez sí estaba, pero nos pidieron que estuviéramos tranquilos, y le dijeron a mamá que la visita tenía que ser corta. Ya no nos quieren, pensé. Ya no nos quieren porque la vez pasada Nico y yo nos acabamos el helado...

Y Carito estaba ahí, en su cama, con la cabeza pelona, cubierta de una pañoleta turqueza. Tenía la misma sonrisa de siempre, pero su mirada había cambiado: se veía triste, cansada. Le dimos un beso y nos quedamos ahí, esta vez no quisimos salirnos del cuarto ni ver Bugs Bunny, queríamos estar con ella. Su tejido seguía siendo el mismo, amarillo e interminable, como el de Penélope.

Mamá y Carito lloraron, ella estaba enferma pero prometía componerse. Aún tenemos mucho que hacer, comadre, le decía a mamá...

Solían escuchar a Silvio Rodríguez y a Mercedez Sosa, Carito murió tras una intensa lucha contra el cancer. Cuando decidió que no esperaría más terminó su tejido y se despidió del mundo, antes dejo dicho que los chalecos amarillos eran para nosotros.

Carito, suelta tu pena... Esa es su canción mami, le dije cuando tenía 10 años. Curiosos quee haya podido saber todo lo que acababa de pasar, curisos que esté escrita como si fuera para ella.



martes, enero 24

El cielo es de los gordos


Ahora sí, me dije. Ahora sí me va a valer madres y voy a comer todo lo que se me antoje. Era Navidad, así que suponía que estaba permitido. Llevaba – exactamente- 2 años con 3 meses de dieta rigurosa. Nada de pan. Nada de tortillas. Nada de harinas ni gluten ni almidón ni ácidos grasos, ni diversión…
         Hice una promesa: tú, mujer que albergas mi yo, debes de comer de todo. Serán sólo dos semanas, al rato bajas lo que subas, no pasará a más.
         Y cumplí mi promesa. Todos mis parientes del bajío vinieron a mi ciudad de oyamel. Los llevé al Chachal a comer mojarras, a Coatepé a probar los toritos y a enzarparse unas truchas al ajillo, unos tamales rancheros, unos churros rellenos de chocolate mientras caminábamos a la esquina en donde compraríamos los helados; también fuimos a Xico a comer mole, tamales canarios y esos pequeños triángulos de masa envueltos en una hoja verde que… mmmmm… en Teocelo compramos la zarzaparrilla y nos detuvimos a probar (sólo probar) el pan que estaba saliendo del horno. De cenar, en la casa, siempre había quesadillas o pizza para los que se hubieran quedado con hambre y para los que no, también.
         Había olvidado esas vacaciones en donde terminas de desayunar y te levantas de la mesa para lavarte los dientes y no llegar tarde a la comida y cuando terminas la comida vas a pie por el postre (para bajar la comida, por supuesto) y mientras las tías se quedan haciendo la cena tú ya te comiste la mitad del pay de limón que había encargado la abuela.
         Entre que cumplía lo que me había prometido al inicio de las vacaciones y que veía a la lonja aún firme entre mi cintura y mis jeans, seguía comiendo como anoréxica recién rehabilitada. Hasta una mañana que desperté y…
         No podía despertar. Ya había abierto los ojos, pero todo se veía un poco nubloso, me pesaba la cabeza, mis reflejos eran lentos, lentísimos y, otra vez, comencé a sentir que la realidad que veía no correspondía a la de antes.
         Todos esos síntomas los conocía bien, así fue como me sentí por dos años. Entre zombi y hambrienta todo el tiempo. Regresé al doctor. La situación no era muy complicada: hacía un par de años me habían detectado hipotiroidismo. Discreto por fuera, pero con fuertes síntomas en mi organismo comenzaba a afectarme de nuevo. Había tomado mis pastillas como siempre, ¿por qué entonces la recaída? Y fue ahí cuando el doctor me preguntó por mis niveles de carbohidratos y… ¡ups!
         Volví a escuchar mi pensamiento del inicio de las vacaciones “me valdría madres”, pero nunca imaginé que los pastelitos, los tamales, el pavo, el pay de limón, los helados pudieran afectar mi organismo de esa manera. Mis niveles de aceite y carburación parecían normales, pero el motor no furulaba.  Y me tuvo que valer madres: no más carbohidratos.
         Ahora adoro ver a la gente comiendo. Salpicándose las camisas, pidiendo una orden más de lo mismo, y es que, si existe un cielo, éste debe ser de los gordos. ¡Qué envidia!