martes, septiembre 6

La duda

Hay algo que me pica eternamente
y no sé si es una pulga
o las células muertas del tiempo 
que me van dejando así 
                                                               sin más
falta de piel, de huesos y de conciencia. 

jueves, agosto 25

Introspección a mitad del año

a mis peques queridos: Toy, Elisa, Diego y Sofía
por su inocencia

Cuando era pequeña solía soñar con un castillo que se derrumbaba. Mis piernas, torpes, corrían cansadas por las escaleras; bajaban y bajan mientras el rabillo del ojo veía cómo por debajo iban quedando las gruesas estructuras de la infancia. No quería crecer. No quería crecer.

Mis cumpleaños solían ser un mar de lágrimas, gritos y peleas familiares. Odiaba las mañanaitas, la cursi velita en el pastel, el número ése que indicaba un año más, los abrazos, los besos, la atención puesta sobre mí. No quería crecer, simplemente no... Tenía el bien conocido síndrome de Peter Pan; aquel niño que, abandonado por sus padres, y con ayuda de un hada, deja el mundo terrenal y se va al país de Nunca Jamás, un lugar en donde nunca crecerá, donde la infancia y la inocencia lo librarán de cualquier sufrimiento. La única diferencia era que: a) yo no tenía a Campanita, y b) aún no sabía que el crecer, las maravillosas vueltas y sabiduría con que me otorgó la vida me harían una adulta feliz.
Si bien tuve una infancia triste, llena de recuerdos melancólicos por un padre que no estuvo. Si bien nunca logré entender que no era a mí a la que le correspondía mejorar las situaciones familiares y maduré (forzadamente, más rápido), el amor que me otorgaron los adultos (mi madre, mis tíos, tías y abuela), pero sobre todo, la risa y el asombro que me contagiaron los pequeños de la familia me hicieron redescubrir que el castillo que se derrumbaba interminablemente podría tener una arquitectura sólida; tan sólida y estable que ahora, cuando quiero, puedo regresar a ella y sentirme viva.

Este año no odié el pastel, ni el numerito ése que indicaba mi edad, soporté un poco más las mañanitas (maldita canción, qué tendrá que nada más no me gusta), y me aventé a un vuelo de 30 minutos en el aire. Desde ahí  no sólo contemplé el pueblo, sus casas con alberca y techo de teja, la bahía, la gente diminuto y el suelo que me esperaba trémulo para que, una vez más, pusiera mis pies y comenzara a andar; sino también mi vida hasta ese momento. Y tomé una decisión: seré feliz. 

Ahora, a mis 24 años y después de semejante vuelo, sé que las cosas no son estáticas, que no crecer no me librará del sufrimiento (al contrario), que la visión de la infancia (aquella inocencia y asombro por las cosas del mundo) puede permanecer y volver siempre que uno lo desee; y, lo más importante, sé que los castillos no se derrumban, sólo cambian de estructura.

Aunque dedico este post a mis queridos peques, porque ellos me han enseñado y compartido momentos invaluables, está pensado con un profundo agradecimiento a toda mi familia. Innumerable, maniaca, llena de gente brillante que me hacen ser lo que soy y que me han enseñado lo mucho que vale la pena vivir en un estado de consciencia plena.




NOTA: Si eres de aquellas personas que dudas y crees que tu estructura puede derrumbarse en cualquier segundo te recomiendo un viaje en parapente; así no tendrás que correr y esquivar los tabiques que van cayendo, un sólo salto librará tu vida y te hará contemplar la tierra con calma. Tener un par de alas a los costados siempre será un aliviane.

domingo, julio 17

Paseos I


¿Y si llueve, y si me mojo, y si se me ocurre saltar en un charco y recordar la infancia, y si un coche pasa demasiado cerca y salpica mi pulcritud… Si lloro, si mis lágrimas se confunden con la lluvia, si mis pies se van venciendo del cansancio de la vida, si nadie me ve, si nadie se da cuenta que estoy muriendo… Si caigo, mamá, si caigo sobre el suelo mojado, si la acera me abraza la orfandad y la lluvia me besa la entrepierna… Si de pronto, mamá, quiero volver a casa y he perdido el paraguas, la brújula… Prometes, prometes no quedaré ronca, artrítica, deshausiada? ¿Lo prometes, mamá?

miércoles, julio 13

El fin del otoño

Montaré con sigilo
tu atemorizado cuerpo
y me volveré la doncella maldita
que ha bajado de la bruma que dejó el otoño,
para cobijar tu piel,
carcomida por los años
y aquella otra mujer 
que profanó ser tuya. 

martes, julio 12

Paseos II

Hace tiempo la noche no asediaba. 
Quizás sean las hormonas y la luna llena,
quizás tu ausencia eterna.

Hace tiempo no me visitaban los versos
ni el roer del pensamiento pausado,
que junto con los muslos,
va abriendo
al cuerpo cansado de ser joven, incauto,
aquella promesa que me hizo mi madre:

Mudarás y, cual serpiente, 
la vieja piel que alguna vez impidió 
siguieras tu camino, será la alfombra
que protegerá tus pasos y te mostrará
el incierto futuro de la esperanza.

martes, julio 5

Lactobacilo tipo AV (sólo para Latinoamérica)

"Normalmente son benignas
e incluso necesarias(...). 
Habitan en el cuerpo 
humano".
Wikipedia 
[¿Y qué?]

Como de costumbre, voy un poco tarde hacia el trabajo, corro por las subidas y bajadas de mi ciudad mientras hablo por telefono e intento tomar un taxi. Al fin, uno me escucha y se acerca por donde voy saltando con mi doble bolso (llevo dos en realidad: uno grande en donde cabe, casi, toda mi oficina y otro grande en donde cabe casi todo mi refri), abro la puerta y cuando ya estoy instalada termino mi llamada. Cuelgo.

El taxista se da cuenta que ya no estoy ocupada y, mirando por el retrovisor, me dice señalando uno de los posters que hay en la banqueta: "Parece que ya lo encontraron, señorita". Me tardo un poco en entender. El poster, (ése y todos los demás) tienen desde hace unas semanas la foto de un chico de apróximadamente 17 años. Se busca. Desaparecido.
- ¿En serio?-, le digo sin querer preguntar el resto de la información. Pero la duda de mi rostro o la preocupación de mis ojos lo hacen continuar con su relato matutino.
- ¡Ei! No me crea, eh, señorita. Pero que lo encontraron en el Parque Tal sin órganos...

Mi telefono no deja continuar al taxista con sus detalles. Contesto. Lo que queda de mi trayecto habló con alguien más y no mencionamos el tema de los desaparecidos, de los encontramos. Nos limitamos a hablar de nosotros.
Por el resto del día, me quedan rondando aquellos dos escasos diálogos. No sé si sorprenderme, si permanecer inmune. Me parece terrible poder decidir ante el terror, acostumbrarnos a la violencia, verlo como algo cotidiano e integrar el miedo a nuestra cotidianidad. El miedo se ha vuelto como una bacteria  benigna que ni siquiera nos damos cuenta que la tenemos, el lactobacilo Anti-Violencia. La supuesta inmunidad que adquirimos en movimientos armados está llena de terror, pero ya no nos damos cuenta de él, creemos que los balazos ya no nos asustan, que los militares son decoraciones, que un desaparecido más es cotidiano; pero en el fondo nos vamos llenando de capas de la desconfianza. Y cuando nos vemos forzados a salir de nuestro contexto social y las capas no son necesarias parecemos entes paranóicos, de otro tiempo. Tengo dos ejemplos:

1. En una estación de tren de Francia. Entro corriendo a tomar un tren (la costumbre de ir tarde o al límite del tiempo no es sólo con el trabajo) y me detiene de golpe ver a todos esos sujetos armados moviéndose de un lado a otro. "Paso algo, hay que tener cuidado", le digo a mi acompañante francés, quien no entiende mi frase y me dice, "Nada, no ha pasao na' ", "¿Y los militares?", "Joer, que son policías, siempre están aquí para cuidarnos". "What? ¿Siempre están ahí para cuidarnos...?" Me dió risa, pensé que era irónico, pero no lo era. Después me dió verguenza.

2. En un callejón de San Francisco: una prima me lleva a conocer los murales de la zona. Veo la calle y pienso, "ahí no entro yo"; pero ella camina feliz mientras me va explicando la histroria de la repoblación latina del siglo xx. "Oye, prima, mejor regresamos más temprano, cuando haya más solecito, ¿no?". Ella muere de la risa: "Eres igualita a Hazel*". Con el rabo entre las patas (por miedo y por vergüenza) termino entrando al callejón.

Nuestro lactobacilo tipo AV, fabricado sólo para Latinoamerica, no hizo bien su efecto hoy. Si es verdad lo que el taxista me dijo por la mañana, creo que necesitaré un laxante. Si no es verdad, creo que, de todas maneras, necesitaré un laxante. Por algún lado tendrá que salir todo este malestar que me provoca mi país.

* Hazel es la amiga salvadoreña de mi prima. Durante su infancia iba, todos los veranos, al Salvador; era la década de los ochenta.