De poner esos acentos agudos
entre la entrepierna y el meridiano
de jugar a la i griega por el desierto
de tu espalda.
Tengo ganas de cambiar algunas palabras
de escribirte, con miedo,
la sílaba que creías perdida,
el tónico de mi efluvio, traduciendo el tuyo,
en tu pequeño mundo de insano juicio.
Tengo ganas de jugar a que eres piano
y yo, director de orquesta,
neurótica por la falta de músicos
ávida por que se recite el poema.
Y mirarte a los ojos y estrujar tu cara
y saber que el presente no se comió nada
saber que el presente me regaló tu cuerpo
porque tu cuerpo, y el mío, son instantes
fallidos
de música y de poesía.
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