Esos lugares de tierra roja, amarilla, quedaron malditos hace muchos años, cuando no se obedeció el secreto de la montaña. Cuando se creyó en el poderío del hombre y olvidaron que todo estaba unido: que las semillas daban frutos, que el agua libre en los estanco daba lluvia y granizo, que los hogares, con el tiempo, volverían a ser prado. Olvidaron que los cielos producían danza y que la danza risas. Y las risas ciclos.
La humanidad, amnésica, se consumió; pero no, no hubo cambios inesperados, no vieron edificios ni transformaciones, sólo parálisis, parásitos internos que no sabían cómo expulsar de sí mismos. Y una carretera de lado que transportaba hombres de otro tiempo.
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