Llegué aquí buscando un espejo que no encontré. ¿Qué cómo sé que no estaba el espejo? Porque en su lugar había una mujer desnuda recogiendo girasoles. Me dijo que ya no existía, que eso había dejado de existir hace mucho tiempo, que regresara de donde había venido, pero yo no había venido de ninguna parte.
La ayudé a recoger los pétalos que se habían marchitado, a levantarse y a ponerse nuevamente las ropas; ella también buscaba el espejo.
¿Por qué ya no existe?, le pregunté.
Porque ha muerto, repuso.
Ahora le cuento esta historia: antes que yo llegara estuvo ella y antes que ella estuvieron los otros. Ahora le toca a usted, y cuando llegue alguien, si es que alguna vez llega alguien, podrá contarle esta historia o podrá decirle simplemente que el espejo ya no existe; le ayudará a recoger los pétalos marchitos y le despojará de sus ropas para vestirse nuevamente, como usted hace ahora conmigo.
¿Que qué hará mientras espera? No sé.
La otra muchacha cantaba e invocaba; yo, lloraba e invocaba. Lloraba mucho para ver si así se llenaba el río, el interminable espejo. Tal vez usted cante, tal vez llore o ría, pero lo importante es que invoque y espere.
Sí, sí, también los zapatos, gracias. Ahora parto, y recuerde… invoque, invoque.
Me gusta mucho este relato, Yani. Es mi favorito.
ResponderEliminarEntre otras cosas me gusta porque me parece más dinámico (quizá por la interacción entre los personajes), y con algunos toques de lirismo (que también encuentro en tus otros textos). También me gusta por las cosas que callas y dejas a la imaginación del lector.
Me hace imaginar un cuadro impresionista o uno surrealista. Descubro ciertos ecos de Schwob.
No dejes de publicar lo que escribas.
Saludos, alienígena.
Sí Yannis, escribe escribe, no hagas como yo que no toma ni un lapiz. Este año deberé escribir escribir más, más...todos lod días. ese es mi propósito jajaja. Me gustó el relato, ya hablaremos.
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