miércoles, noviembre 18

Atún podrido

María se levantó a las siete, había dormido apenas dos horas. Tenía el rimel corrido y la boca hinchada; le dieron pena sus piernas peludas y el calzón de algodón que le llegaba a la cintura, pero que ahora estaba en algún lugar del piso.
Vio las luces distantes e inconstantes de una ciudad sin nombre. Vio a su amante inoportuno, ese sujeto distante e inconstante, ese objeto animado e inanimado. Pedazo de carne igual que ella.
Tuvo una corazonada y de pronto todo ese deseo infinito se transformó en lúgubre pesar.
“Eros, Afrodita ¿en dónde has quedado?”
Necesitaba inventar un nuevo dios porque ni el amor, ni el deseo le eran suficientes.
“Nada es para siempre, pero las cosas podrían durar un poquito más”, pensó.
“Un dios de la perseverancia: azul, violeta, gris”.
— María, ¿por qué suspiras?—, preguntó el amante entre un sueño húmedo y una realidad sin orgasmo.
“Suspiro por el suspiro que de tu boca nunca salió”. Y María no contestó.
— María responde, ¿por qué suspiras?
“Suspiro por el suspiro que de tu boca nunca salió”.
El amante despierta, ve el techo blanco, las sábanas verdes y un cuarto que no les pertenece: — María ¿por qué suspiras? ¡Responde!.
— Suspiro porque se me sale el sentimiento.
— Pues que no se te salga porque te va a doler.
“A la chingada”, piensa María
— A la chingada, ya estuvo bueno— le dice, se levanta de la cama, se pone lo mismo de ayer y de anteayer. Camina a la puerta y escucha.
— ¿Qué pasa? ¿Por qué a la chingada? María, ¿a dónde vas?
— Me voy a la chingada y tú te vienes conmigo.
Luces distantes e inconstantes, amante inoportuno que se levanta, se viste y sale del hotel. Ciudad sin nombre y María pidiendo por que nazca un nuevo dios, un dios de la perseverancia que le de algo más que una lata de atún podrido.
“¡Ay!” suspira, “amante inoportuno”.

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