martes, enero 24

El cielo es de los gordos


Ahora sí, me dije. Ahora sí me va a valer madres y voy a comer todo lo que se me antoje. Era Navidad, así que suponía que estaba permitido. Llevaba – exactamente- 2 años con 3 meses de dieta rigurosa. Nada de pan. Nada de tortillas. Nada de harinas ni gluten ni almidón ni ácidos grasos, ni diversión…
         Hice una promesa: tú, mujer que albergas mi yo, debes de comer de todo. Serán sólo dos semanas, al rato bajas lo que subas, no pasará a más.
         Y cumplí mi promesa. Todos mis parientes del bajío vinieron a mi ciudad de oyamel. Los llevé al Chachal a comer mojarras, a Coatepé a probar los toritos y a enzarparse unas truchas al ajillo, unos tamales rancheros, unos churros rellenos de chocolate mientras caminábamos a la esquina en donde compraríamos los helados; también fuimos a Xico a comer mole, tamales canarios y esos pequeños triángulos de masa envueltos en una hoja verde que… mmmmm… en Teocelo compramos la zarzaparrilla y nos detuvimos a probar (sólo probar) el pan que estaba saliendo del horno. De cenar, en la casa, siempre había quesadillas o pizza para los que se hubieran quedado con hambre y para los que no, también.
         Había olvidado esas vacaciones en donde terminas de desayunar y te levantas de la mesa para lavarte los dientes y no llegar tarde a la comida y cuando terminas la comida vas a pie por el postre (para bajar la comida, por supuesto) y mientras las tías se quedan haciendo la cena tú ya te comiste la mitad del pay de limón que había encargado la abuela.
         Entre que cumplía lo que me había prometido al inicio de las vacaciones y que veía a la lonja aún firme entre mi cintura y mis jeans, seguía comiendo como anoréxica recién rehabilitada. Hasta una mañana que desperté y…
         No podía despertar. Ya había abierto los ojos, pero todo se veía un poco nubloso, me pesaba la cabeza, mis reflejos eran lentos, lentísimos y, otra vez, comencé a sentir que la realidad que veía no correspondía a la de antes.
         Todos esos síntomas los conocía bien, así fue como me sentí por dos años. Entre zombi y hambrienta todo el tiempo. Regresé al doctor. La situación no era muy complicada: hacía un par de años me habían detectado hipotiroidismo. Discreto por fuera, pero con fuertes síntomas en mi organismo comenzaba a afectarme de nuevo. Había tomado mis pastillas como siempre, ¿por qué entonces la recaída? Y fue ahí cuando el doctor me preguntó por mis niveles de carbohidratos y… ¡ups!
         Volví a escuchar mi pensamiento del inicio de las vacaciones “me valdría madres”, pero nunca imaginé que los pastelitos, los tamales, el pavo, el pay de limón, los helados pudieran afectar mi organismo de esa manera. Mis niveles de aceite y carburación parecían normales, pero el motor no furulaba.  Y me tuvo que valer madres: no más carbohidratos.
         Ahora adoro ver a la gente comiendo. Salpicándose las camisas, pidiendo una orden más de lo mismo, y es que, si existe un cielo, éste debe ser de los gordos. ¡Qué envidia!

martes, diciembre 27

Leon Felipe

Y ya que se me ha sorbido el seso, he aquí unos versos de León Felipe:

La sal es la conciencia...
¿Verdad, filósofo, que la sal es la conciencia
del mundo
del hombre,
del pan,
del agua?
Sólo el agua del mar tiene congojas
y la voz sollozante como el Viento.
Viento... déjame sin conciencia allí dormido.

¿Qué?
¿No es el amor el Viento?
Yo lo pregunto nada más:
¿No es el amor el Viento disfrazado de andrajoso
vagabundo?
Antes del Fiat-lux no era más que un lebrel rabioso y
sin nombre.
aullando en las tinieblas...
persiguiendo la sombre...
Ahora anda loco... enamorado de la luz
y ¡cómo la persigue siempre, desvelado,
iracundo después de bañarse en el mar!

(Fragmento de De Antofagasta a La Paz -En el tren-, León Felipe)

sábado, noviembre 19

El tiempo

En algún lugar perdido quedó aquel proyecto de una escritura uniforme, extensa, homogénea. Aquél en donde hablaba de mi infancia y el odio de tu ausencia; aquel en donde dejaba de ser yo para convertirme en una chica tímida y ávida de perdón. Ese lugar, en donde se perdieron las letras y los cánticos de lo que pudo ser una obra de arte es imposible de encontrar.
Ahora los ecos me piden que no sea tonta y regrese al espacio de donde sale la creación vírgen y blacuzca. Que deje atrá los miedos, porque las letras esperan salir, cobrar vida, pertenecerme.

sábado, octubre 1

Te metí en mis ficciones

 How happy is the blameless vestal's lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray'r accepted, and each wish resign'd
Alexander Pope


Hay pasados que quedan grabados en los cimientos de una casa, en el sabor de los dulces, en las heridas que no sanan con el tiempo. Hay pasados que se olvidan, o recuerdan, por el simple murmullo del viento que anuncia la entrada de una nueva estación. Hay pasados que pasan...

Pero el tuyo, por desgracia mía, de mi pobre corazón y mis ojos curiosos, quedó grabado en la telaraña mediatica de un blog. Tus palabras, tus sonrisas, todas tus ganas de amar quedaron a mi alcance. Ahí quedó y quedará el resplandor de un pasado que no me pertenece. Y aquellos adjetivos, adverbios, sutantivos, ¿cómo saber qué ya son míos? ¿Cómo apropiarme de lo que he visto era de otro? ¿Cómo creer a esa boca que siempre dice amar, amar por siempre?

Sé que vamos, paso a paso, contruyendo nuestro camino, sé que hemos quemado nuestras naves para comenzar este andar juntos, enamorados, albos. Y aunque he visto tu corazón puro y desnudo, queda incrustada la astilla del desconcierto, el temor al vacío, a todo esto que, aunque surge bello, surge nuevo.
Quisera enterrar ese pasado tuyo como lo he hecho con los míos, fondos y dúctiles; quisiera borrar tu memoria y la mia, pero el tiempo no se ha hecho para eso...  el ayer sabe que no pertenece al mañana... y el mañana sólo promete cuando el ayer ha quedado consciente, archivado.

Hay pasados, como el tuyo, que duele compartirlos, pero que al final de cuentas no podemos evitar ni borrar. Somo adictos al pasado, lo has dicho: "somos tan adictos al pasado que sin discreción alguna, cada segundo de conciencia, es evaluada, incorregiblemente, por un alter-ego que regaña, reprende y malentiende. Lucha de equilibrios, despertar subjetivo de la más elemental presencia de juicio objetivo". Sin embargo, el olvido, queda como una esperanza malsana, una esperanza del mundo olvidando al mundo olvidado

martes, septiembre 13

¡Adiós, Jacarandas!



Para Blanche y su viaje a la India
Sé que esa casa no me pertenece, que ese naranjo no es mío y que los perros que se asoman por el jardín no obedecerán a mi voz, pues mi voz no es la de su ama.
Desayuno con calma. Me gusta sentarme ahí y ver alrededor. Las puertitas movedizas de la cocina, el mueble donde se encuentra el viejo teléfono desde donde siempre escucho alguna voz familiar y cálida, la mesa redonda que nos invita a compartir de todo: la comida, los dulces, la largas pláticas en pijama. El naranjo, los colibríes que llegan a saludarnos, el cuarto exterior desde donde haces todos los movimientos y transacciones para tener una vida económicamente plena, suelta, libre. Desde donde escribes los mails que he de leer en una ciudad lejana. Desde donde, quizás, alguna vez te refugiaste para guardar en silencio ahogado aquello que hoy te ha hecho más fuerte. Aquello que hoy te hace partir.
Sé que esa casa no me pertenece; sin embargo cuando llego ahí y me instalo, cuando paso al fondo y hago mía la cama de la colcha verde, cuando paso al baño y leo el decálogo del buen “comportamiento” en el wc (el que se encargó de poner tu hijo cuando tenía 16 años, cuando amaba todo lo escatológico e iracundo), cuando abro la llave de la regadera y dejo que el agua del bajío rocíe mi piel tropical me siento en casa.  
Esa casa que no me pertenece, ubicada entre las Jacarandas de mi memoria, deja en el piso tu corazón bien sembrado. Y ahí, donde yace tu órgano, lo que fue tu órgano vital por muchos años se libera tu espíritu que ha decidido ser libre e irse a la India a seguir el camino que tus pasos comenzaron, sin saberlo, años atrás. Esa casa tuya, queda como el mausoleo de toda una vida. De recuerdos compartidos y secretos que jamás sabré; queda tuya, por siempre tuya.
Y en invierno cuando ya estés lejos, descubriendo cómo renace tu corazón en el pequeño cuerpo que tus padres te dieron y que tan profundamente has aprendido a honrar, deja que tus ojos se maravillen pues el cielo y yo te mandaremos de regalo la púrpura jacaranda que alguna vez te perteneció para recordarte que estás lejos, construyendo el nuevo camino de tu vida. Un vida que te espera plena, blanca, blanca…



martes, septiembre 6

La duda

Hay algo que me pica eternamente
y no sé si es una pulga
o las células muertas del tiempo 
que me van dejando así 
                                                               sin más
falta de piel, de huesos y de conciencia.