martes, diciembre 27

Leon Felipe

Y ya que se me ha sorbido el seso, he aquí unos versos de León Felipe:

La sal es la conciencia...
¿Verdad, filósofo, que la sal es la conciencia
del mundo
del hombre,
del pan,
del agua?
Sólo el agua del mar tiene congojas
y la voz sollozante como el Viento.
Viento... déjame sin conciencia allí dormido.

¿Qué?
¿No es el amor el Viento?
Yo lo pregunto nada más:
¿No es el amor el Viento disfrazado de andrajoso
vagabundo?
Antes del Fiat-lux no era más que un lebrel rabioso y
sin nombre.
aullando en las tinieblas...
persiguiendo la sombre...
Ahora anda loco... enamorado de la luz
y ¡cómo la persigue siempre, desvelado,
iracundo después de bañarse en el mar!

(Fragmento de De Antofagasta a La Paz -En el tren-, León Felipe)

sábado, noviembre 19

El tiempo

En algún lugar perdido quedó aquel proyecto de una escritura uniforme, extensa, homogénea. Aquél en donde hablaba de mi infancia y el odio de tu ausencia; aquel en donde dejaba de ser yo para convertirme en una chica tímida y ávida de perdón. Ese lugar, en donde se perdieron las letras y los cánticos de lo que pudo ser una obra de arte es imposible de encontrar.
Ahora los ecos me piden que no sea tonta y regrese al espacio de donde sale la creación vírgen y blacuzca. Que deje atrá los miedos, porque las letras esperan salir, cobrar vida, pertenecerme.

sábado, octubre 1

Te metí en mis ficciones

 How happy is the blameless vestal's lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray'r accepted, and each wish resign'd
Alexander Pope


Hay pasados que quedan grabados en los cimientos de una casa, en el sabor de los dulces, en las heridas que no sanan con el tiempo. Hay pasados que se olvidan, o recuerdan, por el simple murmullo del viento que anuncia la entrada de una nueva estación. Hay pasados que pasan...

Pero el tuyo, por desgracia mía, de mi pobre corazón y mis ojos curiosos, quedó grabado en la telaraña mediatica de un blog. Tus palabras, tus sonrisas, todas tus ganas de amar quedaron a mi alcance. Ahí quedó y quedará el resplandor de un pasado que no me pertenece. Y aquellos adjetivos, adverbios, sutantivos, ¿cómo saber qué ya son míos? ¿Cómo apropiarme de lo que he visto era de otro? ¿Cómo creer a esa boca que siempre dice amar, amar por siempre?

Sé que vamos, paso a paso, contruyendo nuestro camino, sé que hemos quemado nuestras naves para comenzar este andar juntos, enamorados, albos. Y aunque he visto tu corazón puro y desnudo, queda incrustada la astilla del desconcierto, el temor al vacío, a todo esto que, aunque surge bello, surge nuevo.
Quisera enterrar ese pasado tuyo como lo he hecho con los míos, fondos y dúctiles; quisiera borrar tu memoria y la mia, pero el tiempo no se ha hecho para eso...  el ayer sabe que no pertenece al mañana... y el mañana sólo promete cuando el ayer ha quedado consciente, archivado.

Hay pasados, como el tuyo, que duele compartirlos, pero que al final de cuentas no podemos evitar ni borrar. Somo adictos al pasado, lo has dicho: "somos tan adictos al pasado que sin discreción alguna, cada segundo de conciencia, es evaluada, incorregiblemente, por un alter-ego que regaña, reprende y malentiende. Lucha de equilibrios, despertar subjetivo de la más elemental presencia de juicio objetivo". Sin embargo, el olvido, queda como una esperanza malsana, una esperanza del mundo olvidando al mundo olvidado

martes, septiembre 13

¡Adiós, Jacarandas!



Para Blanche y su viaje a la India
Sé que esa casa no me pertenece, que ese naranjo no es mío y que los perros que se asoman por el jardín no obedecerán a mi voz, pues mi voz no es la de su ama.
Desayuno con calma. Me gusta sentarme ahí y ver alrededor. Las puertitas movedizas de la cocina, el mueble donde se encuentra el viejo teléfono desde donde siempre escucho alguna voz familiar y cálida, la mesa redonda que nos invita a compartir de todo: la comida, los dulces, la largas pláticas en pijama. El naranjo, los colibríes que llegan a saludarnos, el cuarto exterior desde donde haces todos los movimientos y transacciones para tener una vida económicamente plena, suelta, libre. Desde donde escribes los mails que he de leer en una ciudad lejana. Desde donde, quizás, alguna vez te refugiaste para guardar en silencio ahogado aquello que hoy te ha hecho más fuerte. Aquello que hoy te hace partir.
Sé que esa casa no me pertenece; sin embargo cuando llego ahí y me instalo, cuando paso al fondo y hago mía la cama de la colcha verde, cuando paso al baño y leo el decálogo del buen “comportamiento” en el wc (el que se encargó de poner tu hijo cuando tenía 16 años, cuando amaba todo lo escatológico e iracundo), cuando abro la llave de la regadera y dejo que el agua del bajío rocíe mi piel tropical me siento en casa.  
Esa casa que no me pertenece, ubicada entre las Jacarandas de mi memoria, deja en el piso tu corazón bien sembrado. Y ahí, donde yace tu órgano, lo que fue tu órgano vital por muchos años se libera tu espíritu que ha decidido ser libre e irse a la India a seguir el camino que tus pasos comenzaron, sin saberlo, años atrás. Esa casa tuya, queda como el mausoleo de toda una vida. De recuerdos compartidos y secretos que jamás sabré; queda tuya, por siempre tuya.
Y en invierno cuando ya estés lejos, descubriendo cómo renace tu corazón en el pequeño cuerpo que tus padres te dieron y que tan profundamente has aprendido a honrar, deja que tus ojos se maravillen pues el cielo y yo te mandaremos de regalo la púrpura jacaranda que alguna vez te perteneció para recordarte que estás lejos, construyendo el nuevo camino de tu vida. Un vida que te espera plena, blanca, blanca…



martes, septiembre 6

La duda

Hay algo que me pica eternamente
y no sé si es una pulga
o las células muertas del tiempo 
que me van dejando así 
                                                               sin más
falta de piel, de huesos y de conciencia. 

jueves, agosto 25

Introspección a mitad del año

a mis peques queridos: Toy, Elisa, Diego y Sofía
por su inocencia

Cuando era pequeña solía soñar con un castillo que se derrumbaba. Mis piernas, torpes, corrían cansadas por las escaleras; bajaban y bajan mientras el rabillo del ojo veía cómo por debajo iban quedando las gruesas estructuras de la infancia. No quería crecer. No quería crecer.

Mis cumpleaños solían ser un mar de lágrimas, gritos y peleas familiares. Odiaba las mañanaitas, la cursi velita en el pastel, el número ése que indicaba un año más, los abrazos, los besos, la atención puesta sobre mí. No quería crecer, simplemente no... Tenía el bien conocido síndrome de Peter Pan; aquel niño que, abandonado por sus padres, y con ayuda de un hada, deja el mundo terrenal y se va al país de Nunca Jamás, un lugar en donde nunca crecerá, donde la infancia y la inocencia lo librarán de cualquier sufrimiento. La única diferencia era que: a) yo no tenía a Campanita, y b) aún no sabía que el crecer, las maravillosas vueltas y sabiduría con que me otorgó la vida me harían una adulta feliz.
Si bien tuve una infancia triste, llena de recuerdos melancólicos por un padre que no estuvo. Si bien nunca logré entender que no era a mí a la que le correspondía mejorar las situaciones familiares y maduré (forzadamente, más rápido), el amor que me otorgaron los adultos (mi madre, mis tíos, tías y abuela), pero sobre todo, la risa y el asombro que me contagiaron los pequeños de la familia me hicieron redescubrir que el castillo que se derrumbaba interminablemente podría tener una arquitectura sólida; tan sólida y estable que ahora, cuando quiero, puedo regresar a ella y sentirme viva.

Este año no odié el pastel, ni el numerito ése que indicaba mi edad, soporté un poco más las mañanitas (maldita canción, qué tendrá que nada más no me gusta), y me aventé a un vuelo de 30 minutos en el aire. Desde ahí  no sólo contemplé el pueblo, sus casas con alberca y techo de teja, la bahía, la gente diminuto y el suelo que me esperaba trémulo para que, una vez más, pusiera mis pies y comenzara a andar; sino también mi vida hasta ese momento. Y tomé una decisión: seré feliz. 

Ahora, a mis 24 años y después de semejante vuelo, sé que las cosas no son estáticas, que no crecer no me librará del sufrimiento (al contrario), que la visión de la infancia (aquella inocencia y asombro por las cosas del mundo) puede permanecer y volver siempre que uno lo desee; y, lo más importante, sé que los castillos no se derrumban, sólo cambian de estructura.

Aunque dedico este post a mis queridos peques, porque ellos me han enseñado y compartido momentos invaluables, está pensado con un profundo agradecimiento a toda mi familia. Innumerable, maniaca, llena de gente brillante que me hacen ser lo que soy y que me han enseñado lo mucho que vale la pena vivir en un estado de consciencia plena.




NOTA: Si eres de aquellas personas que dudas y crees que tu estructura puede derrumbarse en cualquier segundo te recomiendo un viaje en parapente; así no tendrás que correr y esquivar los tabiques que van cayendo, un sólo salto librará tu vida y te hará contemplar la tierra con calma. Tener un par de alas a los costados siempre será un aliviane.